Juana de Castilla es mi personaje fetiche y el de muchas otras personas.
La reina -que lo fue- continua ejerciendo cinco siglos después una extraña fascinación sobre nosotros. Sobre Juana de Castilla, apodada «La loca», se ha escrito muchísimo más que sobre cualquier otra reina, incluida su madre Isabel. La pregunta es por qué. ¿Por qué razón continuamos acercándonos a ella?
Yo misma he publicado dos libros sobre Juana.
¡Loca! es una biografia ficcionalizada donde Juana narra su vida en primera persona.
El naranjal y la garza narra el momento en que Juana marcha a Flandes como novia ingenua para regresar, apenas cinco años después, convertida en la heredera del mayor imperio mundial.
Los dos títulos están muy documentados. Quiero que mis historias estén fundamentadas y respondan al momento en que sucedieron. Leyendo ensayos, tesis doctorales y actas académicas, he formulado una teoría sobre por qué Juana nos continua interesando tanto todavía.
Es ésta: Juana nos persigue porque no la hemos entendido bien. No la hemos ubicado en el lugar que realmente ocupa en la Historia y en el imaginario colectivo.
Todavía hoy la rodea el mito de su locura de amor, alimentado durante el Romanticismo y por ensayos como el que firmó el psiquiatra Vallejo-Nágera. Calificarla de loca es obviar la posición imposible en que dos dinastías -los Trastamara y los Habsburgo -colocaron a Juana. Ella era la llave que las unía, pero cada una tiraba de su lado. Castilla le exigía que se impusiera y Flandes le retiraba el patrimonio. Sus embajadores cambiaban de bando y la reina le enviaba a fray Tomás de Matienzo para afearle, en nombre de la Santa Inquisición, que no fuera más devota. Entre la locura y el poder, me inclino por la segunda explicación.
Juana no nos deja en paz porque no la dejamos en paz a ella. Me fascina que un personaje de este calibre haya sobrevivido a mitos, a series, a teorías diversas y continue hoy llamando nuestra atención. Desde luego, continua teniendo la mía.
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