Son tiempos extraños, al menos para mí.
Me educaron y creo en la privacidad como valor. Creo que las personas despliegan una parte profesional y se reservan la esfera privada. Que la parte profesional debe hacerse visible -si no nos ven no nos compran ni nos leen- y la privada puede reservarse.
Sin embargo, la corriente actual es distinta.
En los últimos días hemos asistido a una boda celebrada en un show durante un acontecimiento deportivo con una audiencia de 135 millones de espectadores. Hemos visto como un deportista olímpico confesaba a cámara la infidelidad a su novia.
La boda, las confesiones, son actos privados ejecutados en público.
Sin embargo, quien se beneficia de esta sobreexposición -las plataformas y sus propietarios- mantienen celosamente guardada su vida privada. Véase la boda de Jeff Bezos, fundador de Amazon, en Venecia, más que una boda, una ocupación de la ciudad a resguardo de las cámaras.
Igual resulta que ahora ser discreto es un lujo reservado a los ricos.
Cuando la tecnología todo lo ve, ¿renunciaremos a la privacidad?


