El sábado, en una tertulia literaria, se armó un rifirrafe a propósito de un título de moda. ¿De verdad era tan deslumbrante? ¿En qué nos basamos para afirmar que una artista o un escritor es «bueno»?
Que un libro nos guste más o menos depende de la sensibilidad personal. No a todo el mundo le gusta lo mismo. No todo el mundo lee poesía. O ciencia ficción. O novela romántica.
Sin embargo, más allá de los gustos de cada quien, existe otro factor que vale la pena tener en cuenta. T. S. Eliot lo llamó «Un lugar entre los muertos». Yo lo llamo «la cordada» porque me viene a la cabeza una hilera de alpinistas atados por la misma cuerda.
Un lugar entre los muertos, la cordada… ¿Qué quiero decir con eso?
Eliot sostenía que «Ningun poeta, ningun artista, adquiere significado pleno por sí mismo. Su importancia, su valor, es el valor de su relación con los poetas y artistas muertos. No podemos valorarle en solitario; debemos situarlo, por contraste y comparación, entre los muertos».
Según Eliot, el poeta que trabajaba en un banco y ganó en Nobel de Literatura, al escribir nos relacionamos con quienes nos han precedido. Ninguna escritora escribe en solitario y en el vacío. Vas escalando la montaña creativa como si fuera el Everest, atada por la lectura a los escritores que le precedieron. Ellos de alguna manera son los sherpas. Por esa razón, para escribir primero y siempre hay que leer. Por esa misma razón desconfío de las personas que escriben y no leen.
Hablo de la cordada y de la trazabilidad de la lectura porque en un momento en que los modelos de IA se han entrenado sin citar las fuentes empleadas, dibujar esa cuerda que nos ata los unos a los otros es cada vez más difícil.
Cada uno de nosotras sabrá qué ha leído y a quién se ata.
Conviene no olvidarlo.


