¿Alguna vez has sufrido el síndrome de la impostora?

Esta era la pregunta de la encuesta que Linkedin realizó entre sus usuarios la semana pasada.

Si has respondido afirmativamente a la pregunta -o si dudas de que tu inquietud tenga que ver con el síndrome- la encuesta te da estas pistas.

La proporción de impostoras declaradas es altísima. De las 7669 personas opinantes, el 70 por ciento respondió afirmativamente. Estamos, en un primer análisis, en un contexto en el que domina la autoexigencia.

No hay consenso sobre lo que síndrome de la impostora significa realmente. Los comentarios a la encuesta se dividen en dos grandes bloques: las personas que consideran que la culpa de la impostura es externa (es la sociedad la que nos condiciona) y aquellas que realmente sienten que no merecen el éxito.

Me remito al enunciado del síndrome que formularon las doctoras Clance e Imes, quienes acuñaron el término en 1978: “A pesar de contar con logros académicos y profesionales extraordinarios, las mujeres que sufren el síndrome de la impostora están convencidas de que en realidad no son inteligentes y de que han engañado a quienes creen que sí lo son. (…) (Creen que) su éxito ha sido… cuestión de suerte y que (…) salvo que realicen un trabajo hercúleo (…) no podrán mantener el engaño”.

Es importante distinguir entre el no merecimiento y la falta de pericia. Un ejemplo: Me atreví a llamarme escritora cuando publiqué mi sexto libro. Es una muestra clara de síndrome, porque es evidente que ya lo era antes. En cambio, si dijera que me siento una impostora cuando nado porque no llego a los dos mil metros, eso no es impostura: significa que tengo que entrenar más.

Si te sientes impostora, pregúntate qué te hace sentir así:
• un entorno donde estás en minoría,
• unas reglas del juego que te sitúan en desventaja,
• la necesidad (o la voluntad) de mejora,
• la falta de práctica.

Los dos primeros supuestos remiten claramente al síndrome.

Finalmente, una cuestión de nomenclátor. El título de la encuesta en Linkedin está masculinizado: “¿Alguna vez has sufrido el síndrome del impostor?“. Propongo que el síndrome se continúe empleando en femenino. Los hombres que lo sufren pueden designarlo en modo feminizado. Como me dijo un amigo: «Todos somos Team Impostor«.

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